La Guardia Civil calculó que alrededor de 40 mil personas llegaron a Ceuta, un enclave de 84 mil habitantes, cruzando a nado o por el espigón del Tarajal desde Marruecos. La situación desbordó a las fuerzas españolas; en el lado marroquí la policía usó cañones de agua y gases lacrimógenos. Los primeros reportes confirmaron al menos 16 migrantes muertos. El presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, pidió al gobierno central declarar la emergencia nacional y desplegar al Ejército. Entre quienes llegaron había alrededor de 500 niños.
En los días siguientes, centenares de migrantes comenzaron a regresar voluntariamente. La razón fue doble: el acuerdo de repatriación urgente entre España y Marruecos, y la imposibilidad de cubrir necesidades básicas: todos los comercios de la ciudad estaban cerrados y no había dónde dormir. El Ejército y la Policía Local realizaron batidas en zonas de asentamientos irregulares, informando a los presentes que no habría regularización de ningún tipo.
Las consecuencias diplomáticas fueron inmediatas: Italia cerró temporalmente sus fronteras con España e invocó el Acuerdo Schengen. Donald Trump calificó la situación de “catástrofe” e “invasión” y la aprovechó para advertir que algo peor podría ocurrir en EU si los republicanos no son elegidos. La UE convocó una reunión de emergencia de ministros de Interior para el martes 4 de agosto.
El récord anterior en Ceuta era de unos 8 mil migrantes en un día (mayo 2021). El cruce reciente quintuplica esa cifra. Hasta mediados de julio, casi 3 mil migrantes habían entrado en Ceuta en todo el año, lo que convierte estos eventos en un hecho sin precedente en la historia migratoria del enclave.

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