JESÚS DIJO «SI CONOCIERAS EL DON DE DIOS Y QUIÉN ES EL QUE TE DICE: «DAME DE BEBER», TÚ MISMA SE LO HUBIERAS PEDIDO, Y ÉL TE HABRÍA DADO AGUA VIVA. JUAN 4,10

El agua nos acompaña desde nuestro nacimiento, nos sostiene en la vida y nos cura en la enfermedad, para los cristianos, el agua es un elemento que comunica no sólo la vida ordinaria sino la presencia de Dios y la gracia divina.
Lamentablemente, en las últimas décadas se ha producido un aumento continuo de las temperaturas en la mayor parte del mundo, y los cambios en los patrones de evaporación y precipitación del ciclo del agua han aumentado la frecuencia de los fenómenos climáticos extremos, como las sequías y las inundaciones, México ha sido testigo de ello.
La escasez de agua se está convirtiendo cada vez más en una fuente de graves conflictos, esto debido a las alteraciones producidas por el cambio climático, pero también por causas antropogénicas que han puesto en evidencia el despilfarro de este vital líquido y la mediocridad de nuestras estrategias de gestión del agua. Hago un llamado urgente al uso prudente y a la preservación de este precioso elemento, es nuestro deber garantizar que todo el mundo tenga acceso a este regalo de Dios. Sin agua no hay vida.
Compartimos el milagro del agua con todos los que habitamos esta casa común. Es nuestra responsabilidad proporcionar agua sostenible, limpia y segura tanto en el presente como en el futuro. Es nuestra deuda con el mundo y con las generaciones futuras. Si algo hemos aprendido de la crisis mundial de la COVID-19 es que no podemos resolver la destrucción de nuestro planeta ni el agotamiento de sus recursos naturales sin ayuda, todo esta interconectado, debemos actuar en colaboración para mantener el recurso crítico y el patrimonio común del agua.
Es por la fe que entendemos que el mundo fue creado por la palabra de Dios
Recientemente en Nuevo León hemos podido experimentar la falta de empatía y solidaridad de los estados vecinos para compartir este bien común que escasea en la región, pareciera que hemos olvidado el valor de la solidaridad y del amor al prójimo, pero no perdemos la esperanza en recibir el regalo del agua. La esperanza significa reconocer que hay un poder que trasciende nuestras limitaciones y una gracia que cumple nuestras intenciones. “Es por la fe que entendemos que el mundo fue creado por la palabra de Dios” (hebreos 11:3). La fe proporciona la esperanza de que este mundo es más grande que cualquiera de nosotros, que este mundo tiene más que agua suficiente para todos nosotros, y que este mundo nos pertenece a todos como un precioso regalo de Dios.
Debemos volver a comprender que el agua es sagrada, un regalo de Dios que debe ser custodiado. Hemos reducido el agua a una mercancía, acostumbrados a que solo con abrir la llave tenemos acceso. Si Dios ha puesto el cuidado de este planeta en nuestras manos, entonces debemos ir más allá de la oración y tomar acciones para salvaguardar este precioso regalo.
![]()
Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad exclusiva de quien la firma y no reflejan necesariamente la postura de La Transformación.

